La montaña de la vida
La semana pasada, pecando de ociosidad diversa, me fui a dar un paseo por mi barrio.
No es que hiciera un tiempo especialmente bueno o que tuviera especiales ganas de caminar… era solo que necesitaba un pequeño descanso.
Así que tomé la cámara, me puse unas zapatillas y me fui a dar un paseo. Pero resultó que la zona por la que tenía en mente pasear estaba en obras (al parecer están construyendo unos chalets de lujo) y como lo último que me apetecía era escuchar los gritos de los obreros y el ruido de la maquinaria pesada taladrando, di media vuelta… o más bien un cuarto de vuelta y comencé a subir al Monte Abantos (pico de Abantos para los Escurialenses).
Mi pueblo (San Lorenzo) tiene una curiosidad, y es que está construido en la ladera del monte abantos, con lo que a poco que comiences a caminar “hacia arriba” tarde o temprano te encuentras subiendo a la montaña.
A medida que iba subiendo las cuestas quedaban atrás los ruidos, los coches (carros) la gente, y con el tiempo incluso las aceras y finalmente el asfalto, y a medida que iba dejando todo aquello atrás debo decir que me sentía cada vez más relajado e incluso liberado de las preocupaciones y tensiones que me rondan por la cabeza últimamente.
Así que por un motivo más bien tonto, cuando me quise dar cuenta me encontraba en cierto punto en el que me encontraba lo suficientemente lejos de casa como para decir “ya está bien por hoy, mejor ir regresando y seguir con lo que estaba” y a la vez lo suficientemente tentador como para decir “Y si subo hasta arriba?”.
Debo decir que yo no soy ningún montañista experto, pero al haberme criado por aquí pues mas o menos se moverme y orientarme por la montaña, aunque la ropa y sobre todo el calzado que llevaba no era el más indicado (unas puma de tela y suela blanda).
Así que me quedé pensando si subir o no. Tiempo tenía de sobra, así que me senté a descansar un rato y pensar sobre si merecía la pena subir o no.
Y entonces me di cuenta de que en cierto modo esa situación se parecía bastante al momento que estoy atravesando en mi vida.
Podía volver a casa, a seguir con mi rutina y continuar con mis cosas después de un breve paseillo, o podía hacer algo loco, cambiar totalmente de rumbo y subir a la cima de la montaña.
Yo creo que en algún momento de reflexión todos nos hacemos esta pregunta. Sigo con mi rutina o me arriesgo a hacer algo grande? (metafóricamente hablando, que Abantos tampoco es que esté tan alto).
Y en cierto modo así es como me sentía hace algunas semanas. Llegó un punto en mi vida en el que estaba en una situación relativamente cómoda, tenía un buen trabajo, un buen horario, el salario… bueno tenía un trabajo relativamente cómodo, uno de esos trabajos en los que pueden pasar años y seguir tranquilamente haciendo lo mismo.
Y por otro lado, desde hace algún tiempo, me sentía bastante inconforme con ciertos aspectos del mismo. Ciertas metodologías, políticas y prácticas. Pequeños detalles que uno diría aquello de “bueno, mientras me paguen a mi me da igual”.
Sin embargo no me daba igual.
Creía (y sigo creyendo) que las cosas se pueden hacer de una manera mejor, deben de poderse hacer! A fin de cuentas un proyecto, sea de lo que sea, consiste en varias partes que desean llegar a un fin común, sea dicho fin lo que sea.
Un Concepto bastante simple que con frecuencia, tiende a complicarse mayor o menor mente por estupideces e intereses contradictorios.
Así que dejé mi anterior trabajo y decidí arriesgarme.
Y continuando con mi historia decidí llegar a la cima de la montaña.
Como había decidido sin previo aviso comenzar a subir no me encontraba en un área donde hubieran hubieran caminos que me ayudaran a alcanzar la cima.
Así que tuve que optar por tirar campo a través durante un buen trecho.
No se si alguna vez habéis subido por el monte campo a través, pero debo deciros que cansa un huevo.
Así que ahí estaba, subiendo por una pendiente cruel, caminando sobre rocas resbaladizas, pisando charcos de barro, sin tener claro si iba en la dirección correcta o no… y todo eso sin un buen motivo que lo justificara. Solo una idea loca que se me ocurrió de la noche a la mañana.
Y mientras seguía subiendo jadeando por el esfuerzo me vino a la mente que ese tramo tan duro es propio de todos los inicios.
Comenzar algo nuevo, algo distinto a lo que estás acostumbrado es muy duro.
Hay un montón de veces en las que te preguntas si lo que estás haciendo merece o no la pena, si no estarás cometiendo un error por hacerlo, si merece la pena continuar o si es mejor dar marcha atrás…
Una y mil preguntas se te pasan por la cabeza cuando decides cambiar tu rutina.
No se si habéis leído The Art of the Start de Guy Kawasaki pero este libro es como mi biblia en este momento.
Porque realmente, por mucho que hayas leído, aprendido, estudiado… dar el paso real es difícil y nunca se está preparado al 100%.
Así que viendo lo difícil del ascenso tenía dos opciones, dejarme de tonterías y dar media vuelta o seguir subiendo. Y como siempre he tenido tendencia a ir contra corriente decidí seguir subiendo.
A pesar de lo agotador del ascenso, cada vez que paraba a descansar un poco y a tomar un par de fotos, me di cuenta de que el paisaje cada vez era más bonito. La calma y la paz eran cada vez mayores, hasta el punto de que lo único que rompía la armonía del lugar era el ruido de las ramas que pisaba, las piedras que desplazaba y la agitada respiración fruto del ascenso y de una prolongada vida sedentaria.
Así que aunque cada vez estaba más cansado me di cuenta de que cada vez que miraba a mi alrededor tenía unas vistas acojonantes, algo que desde abajo no se podía apreciar, y eso me daba ánimos para continuar ascendiendo.
Y cuando ya parecía que me había acostumbrado a subir campo a través finalmente encontré un pequeño sendero de montaña.
No era el camino más cómodo que había visto, pero después de ese ascenso sin duda mis piernas iban a agradecer un descanso así que comencé a seguir el camino.
Y mientras seguía la senda me dí cuenta de que tu camino por la vida debe ser algo similar. Llega un momento en el que de alguna manera dejas de pelear con lo que te rodea, de tener que luchar por cada paso que das y el camino de una manera u otra comienza a allanarse y a hacerse más claro.
Y el ascenso hacia tu objetivo poco a poco se hace más ligero y más llevadero.
Así que seguí las vueltas del camino, que en ocasiones parecía desaparecer pero continuaba más adelante. Otras veces se hacía más escarpado de lo normal y me preguntaba si no me habría ido por otro lado sin darme cuenta, pero poco después volvía a la normalidad.
Un paso tras otro, y cuando me quise dar cuenta, después de subir un par de piedras ya no quedaba más montaña.
Simplemente había llegado a la cima, y la vista desde allí arriba disipó cualquier posible duda sobre si merecía la pena o no el ascenso.
No se cómo me irá con la aventura que he decidido emprender, pero por lo pronto aprendí un montón de cosas aquel día subiendo la montaña y pude sacar algunas fotos medio decentes allí arriba.
Definitivamente mereció la pena el paseo.
Podéis ver más fotos en el set de Flickr













increiblement cierto!!!
waoo!! :O
Comentario por LaDy — Octubre 31, 2009 @ 11:13 pm
Hola, excelente aventura de montaña yo ayer practique un retiro espiritual en mi escuela de artes marciales y para mi fue una experiencia inolvidable me fortalecio mucho y tu experiencia es similar a la mia yo la subi y baje de noche solo con luz de luna…
Comentario por SONIA. Venezuela — Abril 25, 2010 @ 7:26 pm