Despues del terremoto
El terremoto fue realmente fuerte y el tsunami que arrasó gran parte de las ciudades costeras del país uno de los mayores desastres naturales con los que ha tenido que lidiar este país.
Pero no hubo que hacer nada para sobrevivir a eso. Fue simple cuestión de suerte, de no estar en el lugar equivocado en el momento menos adecuado.
Los desastres naturales tienen ese rasgo salvaje, breve pero intenso, en el que la fuerza de la naturaleza se desata y no hay nada que el hombre pueda hacer para controlarla. Son una lección de humildad que, de cuando en cuando, nos recuerda que aquí estamos de paso, y de que en realidad el ser humano es insignificante.
Pero a día de hoy vivimos en la era de la información, y basta que transcurran unas pocas horas para que una noticia de la vuelta al mundo. Y cuando la noticia es de esta magnitud, esas horas se reducen a minutos.
Los días que transcurrieron tras el terremoto fueron algunos de los más intensos que me han tocado vivir.
Los temblores y el posterior tsunami dañaron una de las centrales nucleares del país, sumando a la ya considerable tragedia, ese miedo frío a la radiación.
Los medios de comunicación pronto se olvidaron de los verdaderos afectados por la catástrofe vivida y se cebaron en esta última, mientas contabilizaban con morbosa precisión el recuento de víctimas.
Pero algo debió de torcerse en algún momento, porque pronto se pasó de la información objetiva (si es que esta existió en algún momento) y se comenzó a exagerar, o en el peor de los casos, a inventar.
No quiero hablar del daño infringido por los medios de comunicación internacionales en general, y los españoles en particular.
A pesar de haber colaborado en un par de entrevistas en radio, pronto me di cuenta de que el juego no consistía en informar, si no más bien en retozar en el barro. No se trata de tranquilizar a la gente, si no de alarmar. Ya no se trata de dar la noticia, si no de conseguir dinero, ya sea vendiendo periódicos o atrayendo audiencia.
Adiós al circo mediático, tanta gloria lleves como paz dejas.
Para mi estás muerto desde el día en que se te ocurre llamarme a las 5 de la mañana para decirme:
“- imagino que estarás algo cansado después de estos días, y ya se que allí es muy pronto, pero podrías intervenir en el programa de televisión XXX?”
“- Lo siento, pero me acabas de despertar. Hace unas horas hemos tenido otra réplica fuerte y llevo casi toda la noche sin dormir. Si no te importa…”
“- Ya, pero es que sería sólo unos minutos y…”
“- Buenas noches, no vuelvan a llamar.”
Pero insisten, e insisten. Hasta que apago el teléfono, doy media vuelta y trato, sin éxito, de volver a conciliar el sueño.
A la familia y a los amigos ya no hay quien los calme. Da igual las veces que repita que en Tokyo está todo bien. Que a mi no me ha pasado nada, y que la verdadera tragedia está al norte. Que en Tokyo somos unos privilegiados porque nuestro mayor problema es que nos cortan la luz de vez en cuando y que funcionan la mitad de trenes.
Y mientras mi gente se preocupa por mi, y me cuentan las barbaridades que publica la prensa, yo pienso en lo que deben de estar pasando aquellas personas que lo han perdido todo, y desde la comodidad de mi casa me siento miserable.
El suelo sigue temblando a cada rato. En mi empresa nos han mandado a trabajar a casa para evitar problemas con los transportes y por seguridad ante posibles réplicas.
Pero las horas y los días pasan, y aunque paso la mayor parte del día frente a mi ordenador, es imposible concentrarse.
Miro a cada rato un stream en tiempo real de un contador geiger que mide los niveles de radiación.
Se que no es probable que la radiación llegue a Tokyo. Hay gente arriesgando su vida para que todos estemos a salvo aquí.
Pero el miedo es un veneno que se extiende por el cuerpo. Casi sin que te des cuenta, y aunque te repites una y otra vez que no va a pasar nada, cuando todo el mundo continua advirtiéndote de que mejor lejos, o incluso fuera del país, es difícil conservar la calma.
Me entero de que hay más gente como yo, uno de mis amigos esta pensando en alejarse un tiempo de Tokyo. Muchas veces coincidimos en la manera de pensar, y hoy nos vuelve a pasar lo mismo.
Estamos muy tranquilos si, pero… cuántas réplicas llevamos ya? El suelo no ha parado de temblar. Y si pasa algo grave? Nos daría tiempo de abandonar Tokyo a tiempo?
Los niveles de radiación suben y bajan. Se han encontrado partículas radioactivas en Shinjuku, o peor, en Setagaya que es donde yo vivo. No son malas para la salud, pero ahí están…
La decisión llega sola, de improvisto. Como si siempre hubiera estado ahí. Nos vamos al sur.
Por muchos motivos, pero sobre todo para tranquilizar a nuestras familias y para tranquilizarnos a nosotros mismos.
“Me voy, pero ella se queda. Y aunque trato de que venga conmigo, ella decide quedarse. Así que aunque yo estoy lejos, no acabo de irme del todo.” Esto es lo que me ronda por la cabeza, mientras nos alejamos de Tokyo a 300 km/h en dirección al suroeste.

Gracias a todos chicos, este cumpleaños ha sido de lo más desastrófico, pero igualmente no lo cambiaría por nada!

























































