Noviembre (2)
Supe por la hora que nuestro juego se había terminado. Me levanté de la cama y le dí un sorbo a mi bebida, ya aguada, mientras miraba a través del cristal de la ventana.
Allí abajo, reducidas al tamaño de pequeñas hormigas, una multitud de personas de dirigían frenéticamente haca un destino que yo desconocía y que francamente me importaba muy poco.
Había que reconocer que las vistas de aquella habitación de hotel eran impresionantes. Frente a mi, los neones de Shibuya llenaban las calles de colores y formas que cambiaban a cada segundo. Como si el centro neurálgico de una de las capitales del mundo necesitara aún mas excitación.
A mi espalda la escucho retorcerse entre las sábanas, mientras saboreo otro sorbo de whisky aguado. Los ecos de sus pies descalzos recorren la habitación hasta que puedo sentir las caricias de sus manos en mi espalda.
Puedo notar con perfecta claridad el tacto de sus pezones desnudos cuando me abraza, pero el panorama siempre cambiante de las calles me tiene absorto.
ー Tal vez no puedas encontrar el amor de tu vida, ーdice mientras besa mi espalda suavemente con sus labios, ーpero siempre puedes encontrar algo de amor en la habitación de un hotel en Shibuya.
Aquella situación no fue sino el devenir de un día lleno de caprichos.
Nos habíamos reunido para comer. “nos vemos donde siempre a las 12?” había escrito ella y yo había aceptado.
La mañana había transcurrido mas o menos sin incidentes. Al llegar al pequeño estudio en un destartalado edificio de oficinas cerca del Mark City encendí mi ordenador para revisar el corree. Siempre he detestado recibir correos del trabajo en mi teléfono personal, por eso es que, hasta que no llego a la oficina, no me entero de nada relacionado con mi trabajo, algo de lo que hasta hoy me siento particularmente orgulloso.
Tenía un par de mensajes de esos que borras sin siquiera abrirlos y otro mensaje de mi socio diciéndome que teníamos una cena de trabajo con unos clientes.
El siempre hacía lo mismo, disponía de mi agenda a su antojo, como si el mero hecho de poder colocar citas en el calendario de trabajo que compartíamos le diera derecho a disponer de mi tiempo.
De todas formas aquel día no tenía nada mejor que hacer, así que le mandé una confirmación y me dispuse a trabajar durante el resto de la mañana.
Por aquel entonces un amigo y yo habíamos montado una pequeña empresa de diseño gráfico.
Él tenía cierto don de gentes y una buena libreta de contactos, y yo tenía mucho tiempo libre y la suficiente imaginación como para dar forma a las ideas más estrambóticas que llegaban en forma de proyectos a nuestra pequeña sociedad.
El flujo de clientes no era malo y el dinero era más que suficiente para pagar el alquiler de mi apartamento y permitirme cenar fuera de cuando en cuando. Por aquel entonces era todo lo que deseaba.
Pasé el resto de la mañana revisando encargos, seleccionando aquellos que me parecían más interesantes, y dibujando pequeños bocetos en papel.
A cada rato la habitación temblaba. Nuestro estudio era tan barato que estaba prácticamente pegado a las vías del tren, con lo cual, era perfectamente consciente de las idas y venidas de cada uno de los trenes que llegaban.
Poco antes del medio día sonó la alarma en el teléfono y supe que era hora de salir. No tenía muy claro que comeríamos hoy, la mayoría de las veces cuando nos encontrábamos, Ella tenía perfectamente decidido el lugar al que ir. A mi, generalmente me daba bastante igual, con lo que rara vez discutíamos por culpa del restaurante.
Nuestro lugar de encuentro habitual no estaba demasiado lejos, aunque en esta ciudad nada queda demasiado lejos. Todo está a tiro de piedra si conoces el tren adecuado.
Ella, como como era casi habitual, llevaba un modelo de ropa que le quedaba perfecto, casi como si viniera disfrazada de oficinista. Incluso llevaba todavía la tarjeta de acceso a la oficina colgada del cuello. Yo en cambio llevaban un par de vaqueros, unas zapatillas y la primera camisa limpia que había encontrado en el armario y un jersey por encima que disimulara las arrugas.
Al poco de vernos y de saludarnos nos dirigimos hacia un restaurante cualquiera. Mientras ella me ponía al día con los últimos pormenores de su día a día, yo recordaba como hacía unos meses había estado paseando por esas mismas calles haciendo fotos de los cerezos en flor que discurrían a lo largo de los canales que atravesaban aquella parte de la ciudad.
Ahora el invierno había acabado con los pétalos, pero no estaba lejos el día en que nuevos retoños dominaran el paisaje,
Por aquel entonces, Ella estaba atravesando por una mala racha y de vez en cuando sentía la necesidad de desahogarse. Era entonces cuando nos encontrábamos.
En aquellas ocasiones Ella hablaba más de la cuenta y yo pasaba más tiempo escuchando del que realmente me gustaría. Pero cuando nos despedíamos ella parecía aliviada, con algo más de vida en aquellos ojos tristes, y para mi aquello bastaba.
Cuando quise darme cuenta Ella había vuelto a su mundo de reuniones, horas extra y cenas de empresa y yo estaba de vuelta garabateando en una libreta mientras tomaba un café, deseando que ese mismo café fuera una copa de vino y tratando de olvidar todos y cada uno de los motivos por los que amaba a aquella persona tan endemoniadamente complicada.
El resto de la tarde transcurrió de la misma manera. No me apetecía volver al pequeño estudio que hacía las veces de oficina, así que me pasé el resto de la jornada en una pequeña cafetería frente a los canales de Naka-Meguro mientras una camarera de aspecto aburrido me preguntaba cada rato si quería otro café y me daba algo de conversación.
ーEres dibujante?, ーme preguntó cuando acercó la tercera taza de café a mi mesa.
ーNo exactamente, ーle respondí fijándome en ella por primera vez.
No era especialmente atractiva, era la clase de persona que pasaría desapercibida en casi cualquier situación. Tenía los ojos un poco más separados de lo normal, lo que contribuía a que resultara extraño mirarla durante demasiado rato y llevaba unos pendientes de aro enormes atravesando los lóbulos de sus orejas.
Sin embargo sus palabras tenían un tono directo que rara vez se alcanzaba a escuchar en esta ciudad y me cayó simpática desde el primer momento.
ーLo cierto es que sólo hago diseños para presentar a mis clientes, luego tal vez alguien construya algo de lo que yo dibujo por aquí.
ーSuena bastante complicado, ーme dijo ella tras quedarse pensando unos segundos. ーNo te había visto nunca por aquí, es la primera vez que vienes?
ーSi, bueno, vengo bastante por esta zona, pero nunca había entrado aquí. El café es bastante bueno.
ー De verdad? el de hoy lo he preparado yo, ーme dijo mirándome con cierta incredulidad. ーNunca me dejan prepararlo, siempre me dicen que es demasiado fuerte.
ーPues a mi me gusta, ーle dije mientras sonreía. Ella me miraba entrecerrando los ojos como si no acabara de creerme, lo cual le daba cierto aire infantil.
Cruzaríamos otro par de conversaciones hasta que, a medida que caía la tarde los clientes comenzaron a llegar y el lugar comenzó a llenarse de gente. Yo notaba ya las piernas y los brazos algo agarrotados por pasar tanto tiempo en la misma posición así que pensé en regresar a la oficina dando un paseo y hacer así tiempo hasta la hora de la cena.
No tenía ni idea de lo que mi socio había planeado, pero si se trataba de sus habituales cenas de empresa, significaría beber una buena cantidad de alcohol y una buena dosis de charla insustancial.
A medio camino de regreso mi teléfono volvió a vibrar. Se trataba de mi socio. “A las 7 en el Moai” era todo lo que ponía.
Pasé por la oficina, revisé el correo, terminé un par de encargos y me dispuse a salir. Mi aspecto definitivamente no era el adecuado para una cena de negocios, así que pasé por una tienda de ropa cercana y compré una corbata que hiciera juego con la ropa que llevaba puesta. Pensé por un momento comprar unos zapatos también, pero tal vez no hicieran falta. A fin de cuentas mi socio me conocía lo suficiente, y si hubiera hecho falta ir bien vestido me lo hubiera hecho saber.
A las siete de la tarde llegué al moai situado cerca de la salida sur de la estación de Shibuya. Para variar no había ni rastro de mi socio, así que me dispuse a esperar un rato. Me di cuenta lo fuera de lugar que estaba aquella pequeña cabeza de piedra en medio de la jungla de asfalto que era Shibuya. Probablemente si aquel moai cobrara vida se sentiría completamente perdido.
A fin de cuentas no creo que Tokyo se parezca en nada a la isla de Pascua, así que no acababa de entender que hacía aquella cabeza ahí.
Sea como sea, después de un rato mi socio apareció. Sonriente como siempre, con su traje de chaqueta blanco habitual venían junto con otras 3 personas, un hombre y una mujer de mediana edad, y otra mujer mucho más joven.
Por regla general, cuando hacíamos negocios con japoneses, siempre había un intérprete de por medio, a pesar de que mi socio llevaba casi la mitad de su vida viviendo en Japón y hablaba el idioma a la perfección. Por eso cuando le vi llegar acompañado de aquellas 3 personas supuse que aquella chica se encargaría de traducir mi maltrecho japonés al resto del grupo.
Sin embargo después de hacer las presentaciones de rigor, resultó que no había interprete alguno, y uno de ellos, el hombre de mediana edad, se despidió al poco de intercambiar su tarjeta de visita con nosotros.
Las siguientes dos horas transcurrieron entre conversaciones de negocios y copas a medio vaciar. Nos las arreglamos para encontrar mesa en un restaurante no demasiado alejado, y si bien la zona de al rededor de la estación tiene cierta mala fama debido a la abundancia de love hotel del lugar, aun se pueden encontrar muy buenos sitios para comer.
Él estaba completamente en su salsa, conversando animadamente sobre trabajo, coqueteando en la justa medida y haciendo chistes a cada rato. Se podría decir que el solo hubiera podido llevar la conversación sin problemas. Yo en cambio, aquella noche notaba la cabeza embotada. A penas podía soltar un par de frases sin que se me atragantaran las palabras, y la verdad es que no tenía la menor gana de pasar la velada de aquella manera.
Transcurrieron las horas, y a medida que las botellas se iban vaciando las distancias se acortaban, lo que comenzó como una cena de negocios se había ido transformando poco a poco en algo que tal vez mañana alguien lamentaría.
Pude ver como una de las mujeres, la de mayor edad, acariciaba cada vez de manera más descarada el brazo de mi socio, y éste con la cara enrojecida por el alcohol consumido, le devolvía la sonrisa de manera bobalicona mientras trataba de disimular como buenamente podía lo que se estaba gestando bajo sus pantalones.
En algún momento de la noche noté que me faltaba el aire y me excusé para ir al lavabo. Una vez allí, me lavé la cara, y salí fuera del restaurante para tomar algo de aire fresco. Entre lo que había bebido y lo cargado de la atmósfera me sentía mareado.
Pasaron unos minutos hasta que me sentí lo suficientemente bien como para regresar al interior, pero cuando llegué la escena que protagonizaban mi socio y aquella mujer ya había perdido cualquier tipo de cariz profesional.
La otra muchacha había desaparecido, así que yo recogí mi abrigo, y me acerqué a la barra para pagar la cuenta de la mesa.
De camino al exterior me encontré con la mujer mas joven que regresaba del baño, y nos volvimos a saludar entre risas ya que a penas habíamos intercambiado unas palabras aquella noche.
Ahora que lo pensaba la conversación la habían llevado mi socio y aquella otra mujer durante la mayor parte del tiempo así que me sorprendió darme cuenta de que a penas había hablado con ella.
ーOye, creo que me voy a ir, ーle dije tras charlar un rato. ーDentro de poco es mi último tren, y realmente el que se encarga de todo lo relacionado con los negocios es mi socio.
ーEspera un momento, ーme respondió ella asintiendo un par de veces. Era evidente que el alcohol también le había afectado. Al cabo de un rato volvió con su abrigo y con su bolso. ーVas para la estación? Te importa si vamos juntos? A estas horas hay muchos borrachos por la calle, ーme preguntó mientras se ponía su abrigo torpemente.
ーPor supuesto, no hay problema, aunque si te soy sincero, creo que yo también estoy algo borracho, ーle digo sonriendo mientras uno de los camareros nos abre la puerta justo antes de salir.
ーAh si?. Bueno, no te preocupes, yo también creo que estoy algo mareada.ーme dice mientras se cuelga de mi brazo.
Continará…























