Con motivo de una visita a Singapur que debía desde hacía casi dos años, la semana pasada metí 4 cosas en una bolsa, agarré las cámaras y me fui con Héctor de viaje por Asia rumbo a Singapur para visitar a FerMartin.
La cosa es que, planeando el viaje, el vuelo más barato hacía una escala en Shanghai, y como ninguno habíamos visitado esa ciudad, decidimos pasar un par de días allí… que terminaron siendo casi 3 debido a que, para variar, me equivoqué con las fechas de los vuelos.
La cosa es que Shanghai era una ciudad por descubrir, así que tras un rato en el avión aterrizamos en el aeropuerto de Pudong. Una vez allí, una de las cosas que decidimos hacer es montar en el Maglev, el tren magnético que básicamente funciona usando levitación magnética y que nos llevó al centro de la ciudad en poco más de 20 minutos (cuando el tren normal tarda cerca de una hora)
Una vez fuera del Maglev llegamos al Shanghai real. Atrás quedaron los aeropuertos de lujo y los trenes flotantes. Nos recibían calles normales y corrientes, llenas de caras que nos miraban con mayor o menor curiosidad y de paisajes por conocer.
No cuesta mucho moverse por la ciudad, el metro es bastante bueno, con los nombres de las estaciones escritos en alfabeto occidental y con la megafonía en el tren hablando en Mandarín y en Inglés.
Al cabo de un rato habíamos hecho el check in en el hotel (que estaba un poco más alejado de lo que esperaba, como veréis soy la hostia organizando viajes) y volvíamos a patear la ciudad con la cámara en la mano sacando instantáneas de la ciudad.
Una de las primeras sensaciones que me asaltaron es que, a pesar de ser un día laborable, nadie parecía estar realmente trabajando. Las calles estaban llenas de gente caminando de un lado para otro, sin especial prisa aparente por llegar a sus destinos. Tal vez comparado con Tokyo, donde todo el mundo que camina parece dirigirse a paso rápido a algún lugar en concreto, en Shanghai parecía que la gente simplemente “pululaba” por ahí.
El tráfico, en comparación con otras ciudades que he visitado, era relativamente normal. No se veía un exceso de coches, aunque las motos sí estaban por doquier. Me llamó la atención especialmente que había muchas scooter con motores eléctricos. No se si esta medida sea para reducir el nivel de contaminación o para ahorrar en gasolina.
Eso sí, nadie parece usar casco!
También nos dimos cuenta bastante pronto que Shanghai parece tener dos caras.
Una de oropel, donde los centros comerciales y las grandes marcas se anuncian por todas partes. Donde el precio de un café puede llegar a multiplicarse por diez y por los que abundan residentes y turistas extranjeros.
Y una algo más real, donde llegan los aromas (o el hedor) los sabores y las caras mas o menos amables que forman el corazón de esa ciudad.
Como nos aburrimos pronto de los centros comerciales, dedicamos mas tiempo a pasear entre bloques de edificios viejos, la mayoría con las puertas y ventanas abiertas, y con la mayoría de sus inquilinos en el exterior.
Ya sea conversando, paseando o tratándote de vender algún cacharro con luces o un reloj falso, a los habitantes de Shangai parece que les gusta pasar el rato fuera.
Esto no significa necesariamente que los restaurantes estén siempre a rebosar, si no más bien lo contrario. Las calles y los parques están llenos de gente, pero las tiendas, bares o cafeterías suelen estar casi vacías.
Esto me hizo pensar que el nivel de consumo del ciudadano medio en Shanghai, aun siendo ésta una de las ciudades con un nivel de vida más elevado dentro de china, no es tan alto como uno cabría imaginar… o simplemente prefieren pasar el rato en la calle.
A medida que caía la noche decidimos visitar “The Bund” desde donde se puede apreciar todo el skyline de la ciudad.
Sorprendentemente tampoco estaba TAN lleno como yo pensaba. Era bastante fácil encontrar sitio para hacer una foto o simplemente caminar por el paseo.
Volver al hotel aquella noche fue cuestión de desandar la mayor parte de lo andado, parar a cenar en el restaurante mas cutre que encontramos, hincharnos a beber de la cerveza local para matar el regusto de ciertos trozos de comida que no acaban de saber del todo bien, esquivar mareas de vendedores sospechosos, masajistas aun más sospechosas y estafadores varios que se desvivían por saber si nos gustaba el té o no.
A la mañana siguiente, y gracias a una amiga que nos puso en contacto aquí en Tokyo, una pareja de desconocidos (que al poco se habían convertido ya en amigos) nos vinieron a recoger en su coche y nos hicieron de guías durante el resto del día.
Así fue como visitamos Zhujiajiao, una ciudad erigida a lo largo de la rivera de varios ríos y que fue una de las mejores vistas de las que pude disfrutar a lo largo del viaje.
La ciudad vive sobre todo del turismo, del mercado textil y de lo que sea a lo que se dedican la gente que pululaba por ahí.
Como buenos turistas nos dimos un paseo por barca, compramos en los comercios locales. Comimos trozos de carne aún no identificados mojados en salsas aun no identificadas y cubiertos por hojas de plantas no identificadas. El sabor no estaba malo
Era curioso ver como la vida de la gente se desarrollaba nuevamente en la calle. Los edificios parecen estar siempre abiertos, con casi nadie en su interior. Aunque de vez en cuando salía algún crío persiguiendo a un perro desde un portal, o cruzabas la mirada con una señora medio asomada a una ventana.
La gente parecía pasar el rato cocinando, vendiendo y regateando, sin una prisa o interés peculiar en ninguna de esas actividades. Y sin embargo todo el mundo parecía feliz y contento con lo que fuera que estaban haciendo.
Visitamos un par de templos bastante bonitos aunque bastante mal conservados. Curiosamente (o tal vez debido a que la comunicación con nuestros guías se basaba más en la buena intención que en chapurrear algo de inglés) los templos allí son llamados jardines. Y es que al parecer los jardines suelen contener templos en lugar de al revés como estamos acostumbrados por aquí.
Después, y tras pasar un buen rato en la autopista, volvimos al centro de la ciudad, donde nuestros guías nos llevaron a visitar los Jardines Yuyuan y el City God Temple
Los jardines son en realidad preciosos, merece la pena la visita.
No tanto el City God Temple ya que en realidad hay poco que se pueda visitar y la mayoría de los sitios están llenos de Burguer Kings, Starbucks y McDonalds y demás tiendas de comida varia.
Si pasáis por allí os recomiendo que os alejéis de esos sitios y busquéis las tiendas con las empanadillas locales. Son bastante buenas!
El resto del tiempo lo pasamos visitando la Pearl Tower y subidos al Shanghai World Financial Center haciendo fotos de la ciudad, descansando las doloridas piernas y asimilando la cantidad de cosas que habíamos visto.
En general me gustó Shanghai, esta fue mi primera visita a China y no estoy decepcionado en absoluto. Es muy diferente de cualquier otro país que he visitado y a la vez tiene muchas similitudes con detalles de todos ellos.
Si da la sensación de ser un gigante emergente pero que no acaba de emerger y que tal vez se ahogue en su más que palbable burbuja.
Pero eso el tiempo lo dirá.






















