3 Cosas que he aprendido durante mi primer año en Japón
Y con este post no quiero decir que lo que haya aprendido sea bueno ni malo, y mucho menos ninguna verdad absoluta. La vida y las circunstancias de cada uno son de cada uno, y ahí hay más bien poco que cambiar. Pero sí son cosas que yo considero importantes y que han mejorado mucho mi manera de vivir.
1. Cree en ti mismo
Sería cerca de las 12 de la noche en una de esos restaurantes cadena, Sbarro creo que se llamaba, muy cerca del cruce de Shibuya. Aquella noche era invierno y para colmo llovía. Por la ventana podía ver las miles de personas que pasan sin cesar, cada uno con un destino que para mi era completamente desconocido, y aquella noche me importaba lo más mínimo.
Había sido un día duro en el trabajo, 12 horas o más delante de la pantalla, exprimiendo el cerebro más y mas para soltar soluciones a diversos problemas en forma de acertijos matemáticos y lógica. Estaba agotado, lo que más deseaba era meterme en la cama y descansar unas cuantas horas antes de volver a enfrentarme a la marabunta de problemas que acompañarían al día siguiente. Pero habíamos quedado para tomar un café después del trabajo y cuando se promete algo hay que cumplirlo.
El estaba como siempre, sentado con las piernas cruzadas, fumando un cigarrillo y tecleando distraídamente en su portátil.
Me ve llegar y me sonríe, me da las buenas noches en inglés con su característico acento alemán. Me pregunta cómo estoy, como va el trabajo. Charlamos un rato.
Hacía un par de meses habíamos compartido oficina, esfuerzos, cafés y muchas risas. Después las circunstancias cambiaron y nuestros caminos se distanciaron. Pero la amistad perduraba.
Le cuento las últimas noticias, el me cuenta las suyas mientras comemos trozos de pizza que se enfrían a medida que transcurren los minutos.
—En qué andas trabajando ahora?, —le pregunto mientras doy un trago al vaso de agua y me entretengo mordisqueando los cubitos de hielo.
—Bueno, tengo que entregar un proyecto en 5 días, estoy viendo por donde empezar, —me dice el con total tranquilidad.
—Que es, una especie de demo?
—No no, es una aplicación para Android, —me responde él mientras teclea algo en su portátil.
—No tenía ni idea de que supieras programar para Android, —le digo mientras curioseo en su pantalla. Tiene cerca de 20 pestañas abiertas y busca en Google todo tipo de términos relacionados con el desarrollo de ese tipo de aplicaciones.
—Estás loco, es imposible que termines esto en ese tiempo.
—Bueno, una vez que entiendes la lógica que hay por debajo todo se parece, —me dice sonriendo. — Y además, ya sabes que siempre entrego a tiempo, —continúa esta vez completamente serio.
Terminamos de comer, nos despedimos y yo regreso a casa en el tren.
Mientras veo pasar las estaciones, me acuerdo de la cantidad de horas que hemos pasado juntos, revisando código, analizando problemas y encontrando soluciones imposibles. En casi todas esas ocasiones yo me daba por vencido, y él dedicaba un poco más de tiempo a pensar, y al final siempre encontraba una solución.
Al llegar a casa, estaba convencido de que entregaría su proyecto en cinco días… y así fue.
Esta vida está llena de gente que te va a decir que no puedes hacer algo, que lo que te propones es imposible y que es mejor que abandones cuanto antes para no perder el tiempo. Lo último que necesito es sumar mi propia voz a la suya.
Y a medida que acepto los retos que me llegan, ya sea en el trabajo o en cualquier aspecto de mi vida diaria, más me doy cuenta de que hay pocas cosas que no se puedan conseguir si se pone el empeño suficiente.
2. Disfruta de las pequeñas cosas que te hacen feliz.
Eran las 8 de la mañana pero ya hacía bastante calor. Era el calor húmedo propio del verano en Tokyo. Entrar en el vagón del tren suponía un pequeño respiro acondicionado antes de volver a salir para encararse con el sol. El vagón de tren no iba tan lleno como esperaba encontrar. —Mejor, —pensé para mis adentros mientras me sentaba.
Frente a mi había sentado un hombre de unos cuarenta años. Su maletín y su periódico doblado estaban colocados sobre él, en la repisa metálica que suele haber en los vagones de tren.
Me llamó la atención por lo ensimismado que estaba jugando a su videoconsola. Tenía una Nintendo Ds en sus manos y unos auriculares en sus oídos, de manera que su abstracción del mundo era total.
Yo estaba medio dormido, nunca he sido bueno despertándome por la mañana, de manera que mientras el tren me acercaba hasta mi destino, pude ver cómo el hombre se las apañaba para, en aquel pequeño mundo virtual en el que él era el indiscutible protagonista, rescatar a alguna princesa, salvar algún planeta de la destrucción más absoluta, o alguna otra gesta de similar nobleza.
Pero hubo un determinado momento en el que aquel desconocido cuarentón sonrió. Y lo hizo de una manera completamente pura, sin reparos y sin importarle lo más mínimo estar en medio de un vagón de tren, rodeado de unas cuantas almas que le miran sin prestarle demasiada atención excepto un gaijín con cara de dormido y barba mal afeitada.
Llegamos a la última estación que es donde me bajaba, y entonces aquel hombre apagó su consola, se sacó los auriculares de las orejas, agarró su maletín su periódico y desapareció entre el mar de gente que inundaba poco a poco la estación.
Son muy pocos los momentos del día en los que realmente podemos disfrutar de algo genuínamente nuestro, y esos momentos hay que exprimirlos. No importa de que se trate, encuentra algo que te haga feliz, y siempre que puedas, encuentra un momento para hacerlo.
3. A veces no hay nada que hacer
“Lo que ya ha pasado no se puede cambiar, sólo se puede aprender. Si es algo bueno repetirlo y si es algo malo evitarlo siempre que sea posible”
Había habido un problema en el trabajo, alguien había cometido un error grave y nos había llevado algunas horas arreglarlo. Se había perdido algo de dinero en ventas, y a nuestro jefe le habían llamado la atención.
Era una reunión especial. En mi empresa, y en general en casi todas las empresa japonesas, cuando se produce un error grave se suele tener una reunión para revisar lo que ha pasado y tratar de aprender para que no se vuelva a repetir.
No hacía mucho desde que había cambiado Madrid por Tokyo, así que para mi, este tipo de reunión era algo así como ” nos van a poner las pilas”, así que yo estaba a la defensiva aun sin haber cometido el error.
Todo el mundo sabía quien había metido la pata, todos sabíamos cuales habían sido las consecuencias y “por culpa” de aquella persona estábamos soportando esa “regañina”, pero nadie dijo nada al respecto.
No se trataba de eso.
Cometer un error lo puede cometer cualquiera, más en las condiciones en las que realizamos nuestro trabajo, cuando hay que tomar decisiones rápidas, y cuando hay tantas variables que afectan al funcionamiento del sistema, que tocar una puede tener las repercusiones más inesperadas.
Así pues, aguanté aquella reunión sin enterarme de casi nada, poniendo cara de poker y pensando en por qué nadie decía nada.
Al final de la reunión un compañero medio americano medio japonés se me acercó y me explicó en qué consistía aquello.
ーEs increíble que nadie haya dicho de quien era la culpa, ーdije yo con los ánimos por los suelos después de una hora de escuchar conversaciones en japonés de las que entendía poco más que nada.
ーQuien tiene la culpa no es importante, ーme dijo el tan risueño como siempre. ーA mi me gusta cuando tenemos estas reuniones, cuando se produce un error en el sistema y cuando tienes que pensar a toda velocidad para encontrar una solución.
ーSi, pero el rato que hemos pasado, y el dinero que se ha perdido …
ーEs emocionante no crees?, ーme dice él sonriendo mientras se pone sus gafas de sol y salimos hacia el combini de al lado a comprar algo de beber.
Yo no hago más que darle vueltas a la cara seria del jefe y a las miradas cabizbajas de todos durante la reunión. Emocionante es la última palabra que venía a mi cabeza. ーUff a mi me parece de todo menos emocionante.
ーA veces no hay nada que hacer, ーme dice tranquilamente usando las palabras japonesas (仕様がない). Cuando ocurre un error y no hay nada que hacer depende de ti encontrarle la utilidad a esas ocasiones. Para mí, ーcontinua mientras coge una bebida de frutas tropicales, ーes la mejor oportunidad para pensar en toda la cadena de acontecimientos que nos ha llevado a cometer este error y buscar una solución para que no se vuelva a repetir.
ーSi, pero ahora a ver quien se atreve a meter nada nuevo en producción, ーdigo yo mientras le sigo de vuelta a la oficina.
ーJaja, si tienes miedo de cometer errores nunca podrás ser bueno!, ーme dice el mientras se coloca otra vez las gafas de sol y estornuda al salir a la calle. Es primavera y él tiene una alergia horrible. ーPor eso yo soy tan bueno, ーcontinúa, ーporque no hago más que cometer errores.
















