Visitando Okinawa

Oct 23, 2011 @ 11:36 pm by CaDs

El fin de semana pasado Antonio y yo fuimos a visitar a Alain que se ha ido a vivir a Okinawa.

Naha
Naha

Al principio pensaba que el viaje a Okinawa saldría caro, a fin de cuentas está en la otra punta del país, pero resulta que si compras los billetes con la suficiente antelación SkyMark tiene muy buenos precios. A nosotros nos costó un poco pero al final logramos los billetes de ida y vuelta por unos 18.000 Yenes.

El viaje duró cerca de 3 horas que se pasaron enseguida porque la pasamos con la pachorra, charlando y echando unas risas en el avión.

Naha

Al llegar a Naha, lo primero que me llamó la atención fue lo grande que es el aeropuerto, nosotros sólo visitamos la terminal de vuelos nacionales y ya era tan grande como el aeropuerto de Tocumen en Panamá o alguna de las terminales de Barajas.

Naha en sí no es muy grande, tiene cerca de 320.000, y acostumbrado a Tokyo parecía pequeña. No hay demasiados edificios y el monorail que conecta la ciudad es visible desde muchos puntos de la ciudad.

Naha

Nosotros cogimos un Taxi que nos llevó hasta casa de Alain, el taxista se sorprendió bastante al oírnos hablarle en Japonés, al parecer están más acostumbrados a los turistas que hablan inglés, o a los norte americanos que trabajan en las bases militares.
El hombre era bastante majete y al poco nos empezó a explicar cómo decir “gracias” o buenos días en okinawense. A mi se me ha olvidado por completo (bastante tengo con el japonés) pero sí puedo decir que era completamente diferente.

Naha

Esa fue la primera pista de muchas para darme cuenta de que Okinawa, a pesar de pertenecer oficialmente a Japón, es un país completamente diferente.
Antiguamente las islas de Okinawa formaban el reino de Ryukyu y rendían tributo a China. No fue sino hasta una poderosa ocupación militar durante la restauración Meiji, que Okinawa se creó como prefectura de Japón.

Naha

A partir de ahí las relaciones entre Japón y Okinawa nunca parecen haber cuajado del todo, siendo la Batalla de Okinawa el capítulo más reciente en esta espinosa historia.

Okinawa a día de hoy es completamente diferente de cualquier otro sitio que he visitado por aquí, realmente se siente como un país diferente, a pesar de que todos hablan japonés y los kanjis y los kanas están por doquier.

Naha

Si tuviera que compararlo con algo diría que se parece a florida por el clima y por la ambientación de las calles, y a la zona del Canal de Panamá por el paisaje típico que forman las bases americanas allí donde colocan sus cimientos.

Alain se encargó de enseñarnos las dos facetas de la vida nocturna, por un lado los clubs de “Solo Japoneses” en los que, por regla general, los extranjeros no son bienvenidos (aunque nosotros pudimos entrar porque íbamos acompañados de japoneses y teníamos el carnet de extranjeros) y los clubs normales en los que los que cualquiera puede entrar ( y que vienen siendo un patio de recreo en los que los soldados americanos hacen más o menos lo que les da la gana).

Naha

Lo mejor es que ambas variantes ofrecen una barra libre con la entrada (2000 yenes) con lo que una vez dentro puedes beber lo que te de la gana, siendo el aguamori, la bebida local, lo que más abunda por ahí.

Yo probé el aguamori y no me gustó mucho, y la resaca del día siguiente me gustó aún menos.
A pesar de eso disfruté un montón del viaje, de la compañía, de las vistas y de las risas.

Naha

Volveré a Okinawa en cuanto comience el buen tiempo, en esta vuelta nos llovió casi todo el día y nos perdimos las playas de arena blanca y agua transparente.

Naha

Here’s to the crazy ones…

Oct 05, 2011 @ 10:25 pm by CaDs

Here's to the crazy ones...

2o11 - En medio del bosque

Oct 03, 2011 @ 12:50 pm by CaDs

Entradas Previas:

2o11 - En otro lugar
2o11 - Dos rocas unidas por una cuerda
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Me giré y efectivamente, a unos cuantos pasos detrás se encontraba aquel gato al que le había retratado hacía un rato. Caminaba sin hacer ruido alguno, con la cola levantada, las orejas aplastadas contra el cráneo y con los ojos, con las pupilas completamente dilatadas y oscura, mirando en nuestra dirección.
—Cómo sabes que me está siguiendo a mi? —le pregunté sin apartar la vista del gato. El animal, al ver que mirábamos en su dirección se había detenido y aguardaba sentado tranquilamente a que reanudáramos nuestra marcha.
—Pues no lo se, pero me ha parecido ver que desde que le has hecho aquella foto ha comenzado a seguirte.
—Que raro, —pensé yo. Hice algunos aspavientos con las manos y farfullé algo que sonara medio amenazador para ver si conseguía espantarlo, pero el gato permaneció en el mismo sitio. La única diferencia es que ahora ya no me miraba y se contentaba con acicalarse lamiéndose una pata. —Bueno, ya se cansará, —desistí.

—Sabes? yo creo que tu estás en medio de un bosque, —continúa él sin hacer el menor caso al gato. —Un bosque tremendamente espeso. Pero estás tan profundo en el bosque que de alguna manera has perdido de vista los árboles y te has olvidado de dónde estás.
—Un bosque?, —le pregunto mientras continúo tras sus pasos sin apartar los ojos del animal.
—Así es, estás perdido en medio del bosque, los árboles han crecido tanto que no te dejan ver la salida y ahora no te queda más remedio que dar tumbos, tropezando con un montón de ramas desorientado a la espera de que alguien te recuerde dónde estás y cómo salir de ahí.
—Ya veo, y ese alguien eres tu?, —pregunto yo molesto mientras observo como el gato deja de lamerse y vuelve a emprender su camino tras nuestros pasos.
—No necesariamente. Yo a mi manera estoy metido en otro bosque y probablemente estoy igual de perdido que tu. Pero tu estás fuera de ese bosque y, si hiciera falta me podrías enseñar el camino de salida.
—O sea que todo el mundo anda perdido en su bosque particular?
—No todo el mundo, los hay que no se pierden nunca en ningún bosque, —continúa él mientras atravesamos un paso a nivel. A estas horas el último tren hace ya tiempo que ha pasado y las estaciones, de alguna manera desnudas sin gente esperando en ellas, esperan yertas a que pase la noche para volver a la vida.
—Y por qué? Por qué yo tengo que perderme en un bosque y otros no?, —le pregunto mientras tomo una fotografía en medio del paso a nivel.
—Eso yo no lo se, pero hay gente para la que todos los caminos son tan claros como esa vía de tren.

東京

Nos despedimos en la esquina de siempre al cabo de un rato. Yo ya empezaba a tener sueño y además por algún motivo sentía la cabeza embotada aquella noche.

—Mira está claro que a esa chica le gustas. No se muy bien que habrá visto en ti o hasta que punto estará interesada o no, —me dijo mientras se alejaba caminando, —pero no quedaría tanto contigo si no fuera así. Deja de hacer el tonto y decídete de una vez antes de que sea demasiado tarde.

Asentí con la cabeza mientras le dirigía una despedida con la mano. No era la primera vez que me decía algo similar, pero por algún motivo yo prefería siempre ignorarlo. De alguna manera no lo sentía así.
“Antes de que sea demasiado tarde” había dicho él.

— No te parece que a veces es como si todo el mundo funcionara a un determinado ritmo, y tu fueras a contratiempo?, —me había preguntado Ella mientras acercaba a su boca un vaso cubierto de gotitas debido a la condensación.
Era un día de fines de verano, todavía se notaba el calor húmedo de la estación, pero de vez en cuando podía sentirse alguna que otra brisa de frescor que recordaba que todo tiene una duración determinada, y tarde o temprano, acaba terminando.
— Algo así como si los relojes de todo el mundo marcaran la misma hora y el tuyo fuera un minuto adelantado? —pregunto yo.
Pareció considerar mi pregunta mientras bebía un par de sorbos de café helado.

—Más bien es como si, no importa la prisa que te des, siempre llegaras tarde a todo. —Ella seguía algún hilo de pensamiento mientras le daba la última calada y apagaba contra el cenicero un Kent a medio fumar.
—Hmmm supongo que eso sería tremendamente frustrante, —la digo mientras observo cómo ella acaricia el lóbulo de su oreja izquierda.
Debía de tratarse de un gesto involuntario, le pasaba siempre que charlábamos. Cada vez que dejaba volar su imaginación terminaba por rozar con sus dedos el lóbulo de su oreja. Aquella tarde, llevaba el cabello ligeramente ondulado teñido de color castaño, como todavía hacía calor lo llevaba recogido y dejaba ver su precioso cuello.
—Pero a mi me pasa de verdad, —me dijo alzando la mirada y fijando por primera vez aquella tarde sus ojos en los míos. —No importa lo mucho que corra, siempre llego cuando el momento ha pasado, —dice mientras desvía la mirada tras parpadear suavemente.

.

Desde el día que la conocí siempre había tenido un cierto aire de soledad o nostalgia a su alrededor. No era que estuviera triste o se sintiera sola necesariamente, simplemente era la sensación que transmitía.

—A lo mejor es que eliges llegar tarde a propósito, —la respondo. Puede que en realidad nada de aquello te interese y sólo quieres aparentar que te das prisa. Es como cuando llegas a la oficina y haces ver que lamentas mucho el retraso cuando en realidad esa mañana has decidido pasar primero por el gimnasio o hacer algún recado.
—A propósito?, no lo había pensado. —dijo mientras cambiaba de postura y se recostaba en el pequeño sofá que compartíamos.

Aquel día habíamos decidido encontrarnos cerca de la estación de Tamagawa e ir a dar un paseo a lo largo del río. Al cabo de un rato nos había entrado sed, así que habíamos decidido parar en una pequeña pequeña cafetería con una terraza desde la que se podía mirar el río.
—Tal vez tengas razón, tal vez es sólo cuestión de no querer llegar tarde, —respondió Ella al cabo de un rato de darle vueltas a algo en su cabeza.
—Claro que a veces no hay hay elección posible —continúo yo. —Hay cosas que simplemente suceden estés o no preparado para ellas, y ante eso no hay mucho que se pueda hacer. Quiero decir que no puedes decidir el momento adecuado para que llueva o el momento adecuado para que te diagnostiquen una enfermedad o decidas tener hambre. Ese tipo de cosas suele tener su agenda privada y casi nunca consultan con terceros, —digo yo mientras observo las volutas de humo ascendiendo desde el cenicero.

Ella me miraba con la mano apoyada en su mejilla y la otra jugueteando con alguno de los cables que se enredaba en su melena.
—Pero como no puedes hacer nada ante ese tipo de cosas es casi mejor no pensar en ello, —continúo yo. —Además yo no me preocuparía tanto, conmigo nunca te retrasas, —la digo sonriendo.
—Contigo es diferente, —dice ella mirándome por segunda y última vez aquel día. —Contigo a lo mejor todavía no es demasiado tarde.

Tamagawa

…continuará