2o11 - Dos rocas unidas por una cuerda
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2o11 - En otro lugar
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—Si, —le digo levantando la mirada hacia el cielo. Esta noche una de las lunas estaba casi llena y de la otra a penas si se veía un fragmento, como si al gato de Cheshire se le estuviera apagando la sonrisa. —Es curioso verdad? Creo que están ahí desde la noche del terremoto.
—De verdad?, yo hasta la otra noche no me había dado cuenta, —me responde mientras continua caminando a lo largo de las callejuelas medio desiertas.
Hasta hace algunos meses atrás estas mismas calles habrían estado abarrotadas de gente, la mayoría hombres de negocios rondando la cuarentena, borrachos y buscando desesperadamente dónde tomar la última copa antes de que llegara la hora del último tren.
Pero por alguna razón desde hacía algunos días, a penas si se veía gente por la calle una vez caía la noche, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo en que lo más sensato después de trabajar era volver a casa directamente sin entretenerse demasiado.
— El otro día al regresar a casa vi una carta en el buzón, —continúa hablando más para si mismo que esperando que yo le escuchara. — Al principio me sorprendió muchísimo. No era una de esas cartas que te mandan los bancos con las facturas del mes o el estado de la cuenta, esta carta tenía algo especial. No se como decirlo, “era” una carta.
— “era” una carta, —repito sin entender del todo. —Te refieres a que no era un catálogo o una postal? —La verdad es que yo no solía recibir mucha correspondencia así que no estaba seguro de a qué se refería con aquello de “carta”. Que yo sepa a casa sólo me llegaban los recibos del gas y del agua y alguna que otra nota del casero con las infracciones cometidas por los vecinos al tirar la basura. Al parecer el hombre se tomaba muy en serio el tema del reciclaje.
—Me refiero a que era un papel en el que alguien había escrito algo. —Se había parado a hacer una foto de una ventana. A través del cristal se podía ver el interior de un bar desvencijado. En las estanterías se apilaban montones de discos, revistas y una botella de Cinzano, y de la pared colgaba una foto enorme de una actriz de Hollywood cuya mirada recordaba una inocencia perdida largo tiempo atrás.
—Alguien tenía algo importante que decirme y me escribió una carta, —continuó. — No se si te habrás dado cuenta, pero escribir una carta conlleva un montón de trabajo.
—De verdad? —lo cierto es que yo nunca me había parado a pensar en eso. —A qué te refieres con un montón de trabajo?
—Me refiero a que primero tienes que elegir el tipo de papel. Dependiendo de lo que quieras decir, debes elegir un papel u otro. No puedes escribir algo alegre en un papel pensado para dar malas noticias, así como no puedes escribir una nota de condolencias en un papel estampado. Cada mensaje tiene su papel, —explicó mientras hacía un par de disparos con la cámara. —Así pues debes de elegir el papel adecuado, luego la tinta adecuada, el sobre adecuado…
—Ya veo, y eran buenas noticias o malas noticias?
—No lo se, no la leí. —Me dijo mirándome seriamente. —Cuando abrí el sobre había un billete de tren y una nota doblada en su interior.
—Un billete de tren?, —pregunté perplejo. —y una nota?, que ponía?
—Como te dije antes, no quise leerlo. Si abres una carta y ves una nota doblada con un billete de tren, de alguna manera sabes que, de leer esa nota, toda tu vida puede cambiar. —Había vuelto a colgarse la cámara al hombro y jugueteaba con el cable enredado.
—Hmm, algo así como un punto de inflexión?
—Exacto, si lees la nota tienes que tomar una decisión.
—Y no querías decidir nada. —concluyo mientras me asomo por la ventana en la que él había estado tomando fotos y trato de recordar el nombre de esa actriz.
—Mi decisión fue no leer la nota y tirar la carta a la basura.
—Ya veo.
Seguimos caminando en silencio. Al doblar la esquina comenzamos a adentrarnos en lo que debía de ser una zona de clubs de alterne. Las entradas de los bares estaban llenas de pegatinas con números de teléfono en llamativos amarillos y rosados acompañados de fotos de todo tipo, desde jóvenes con cara de no haber roto un plato en su vida, hasta mujeres maduras con cara de haber roto demasiados.
Pasamos de largo en silencio, hoy no buscamos ese tipo de diversión. De hecho hacía mucho tiempo desde la última vez que había entrado en uno de esos lugares. No recordaba gran cosa de aquella experiencia, y los pocos fragmentos que en su día logré juntar eran lo suficientemente extravagantes como para no querer hacer memoria.
—Hoy he comido con Ella. —confieso mientras miro al otro lado de la calle como una mujer apoyada sobre una barandilla escribe algo en su teléfono móvil. Me resulta curioso que ella parece estar tan fuera de lugar ahí, escribiendo en su teléfono, como nosotros sacando fotos por callejones oscuros y a penas iluminados. Lleva los cables sin arreglar, colgados por doquier, tan enredados que hasta resultan hipnóticos, casi ocultan por completo su cara y resulta difícil adivinar su edad.
Casi sin pensarlo y sin dejar de caminar la hago una foto, me pregunto si será una prostituta.
—Otra vez?, cuantas veces van ya? —me pregunta tras observarme durante unos segundos.
—No lo se, acaso importa?, —le respondo volviendo a colgar la cámara al hombro.
—Deben de ser ya veinte o treinta veces que os habéis encontrado. Aun nada?
—Hmm —Cada vez que salía Ella en la conversación, él siempre me preguntaba lo mismo. Y aun seguía sin saber que contestar.
—Si no te espabilas va dejar de responder a tus mensajes.
—Ya lo se, —miro hacia las dos lunas otra vez y respiro profundamente. El aire fresco de principios del otoño resulta vigorizador “El cielo de otoño está más alto” había dicho Ella. —Sabes? no es fácil. —Digo de pronto sin pensar. —Todavía no he decidido si quiero intentarlo si quiera.
—Pero la quieres no?, al menos siempre estás hablando de Ella.
—No lo se, a lo mejor es que sólo me gusta cómo me hace sentir. —Respondo sin mirarle, más para mi mismo que para el. —A lo mejor sólo la quiero porque sé que no puedo tenerla.
—Y si llegaras a tenerla, la dejarías de querer?
—Muy posiblemente, —respondo mientras trato de desenredar sin éxito uno de los cables que se enroscan entre los botones de mi camisa.
—Has estado alguna vez en el mar de Futami?
—No, por qué? —respondo negando con la cabeza.
—En el mar de Futami está el santuario de las piedras casadas. Bueno, en realidad no son más que dos rocas enormes cerca de la costa, pero un buen día a alguien se le ocurrió que esas dos piedras, cada una por su cuenta, parecían estar muy solas, así que decidieron “casarlas” entre sí atándolas con una cuerda.
—”Casarlas atándolas con una cuerda”, —repito en voz baja.
—Al parecer la idea tuvo éxito y un montón de parejas comenzaron a visitar el pequeño templo pidiendo a los dioses buena fortuna en sus matrimonios. Ahora es todo un símbolo entre la unión del hombre la mujer.
—Ya veo. Y que me quieres decir con eso?
—Pues que igual a ti y a Ella alguien os ha atado con una cuerda y ahora en cierto modo estáis unidos. Piénsalo bien, —continuó. —Esas piedras estaban tan tranquilas sobresaliendo en el mar, cuando de pronto y sin venir a cuento, alguien decide por las buenas atarlas con una cuerda y antes de que se den cuenta tienen a cientos de parejas haciéndoles reverencias y pidiéndoles felicidad y fortuna.
—Bueno, igual las piedras son más felices ahora no? —pregunto yo incómodo tratando de desviar el tema.
—Todo lo feliz que puede ser una roca supongo.
—Para dónde era el billete de tren? —le pregunto tras seguir caminando un rato en silencio.
—Me llevaba bastante lejos de aquí —fue su respuesta.
Se hacía tarde, así que comenzamos a dar la vuelta. No hablamos mucho más aquella noche. Cada uno andaba perdido en sus pensamientos. Yo recordaba unas semanas antes cuando Ella se había presentado una noche sin avisar en la puerta de mi apartamento.
Aquella noche había caído una fuerte tormenta y la había cogido saliendo del trabajo en su bicicleta. Pero en lugar de ir a su casa había decidido venir a mi apartamento por alguna extraña razón.
Ella era así, no necesitaba razones para hacer las cosas, o si esas razones existían simplemente no sentía la necesidad de compartirlas con nadie.
Cuando escuché el timbre y abrí la puerta la vi completamente empapada, con el pelo aplastado contra su rostro, sus cables enmarañados como sólo Ella era capáz y su ojos adormilados en los que brillaba una luz de la que yo, y probablemente muchos otros, bebíamos.
Pasó a casa sin decir nada, tan solo haciendo una pequeña inclinación de cabeza. Dio la casualidad de que había hervido agua para hacer té un poco antes, así que le serví una taza mientras ella revolvía en mi armario buscando algo con lo que secarse.
Al cabo de un rato volvió a la cocina con la cabeza envuelta en una toalla y con una de mis camisetas que le llegaba casi a la altura de los muslos.
— Te importa si paso la noche aquí? —me había preguntado en voz baja. Algo la había pasado, siempre era así.
— Claro, te prepararé el futón, —la dije. —No te preocupes, yo dormiré en el sofá, —dije sonriendo.
Ella solo me miraba, con esos ojos medio somnolientos imposibles de descifrar.
Cogí su ropa y la puse a secar. Siempre me ha llamado la atención el material de la ropa de las mujeres. Me parece demasiado ligero y suave. Yo no estaba seguro de ser capaz de llevar algo tan delicado si la ropa para hombres se hiciera del mismo material. Seguro que se rasgaría al estornudar, al agacharme…
Por supuesto que aquella noche a penas pude pegar ojo. Al despertar ella ya no estaba, me había garabateado una nota en la que me daba las gracias y me decía que había dejado su bicicleta en el parking del edificio.
Después de darme una ducha y vestirme para ir a la oficina pasé por delante del parking y vi su bicicleta atada con candado a la mía.
“Como dos rocas unidas por una cuerda” pensé en aquel momento.
—Oye, —me dijo él de pronto sacándome por completo de mis pensamientos, —ese gato te ha estado siguiendo toda la noche
continuará…






