Sakura
Con los años he ido aprendiendo a conocerme, a aceptarme y a rodearme de aquello que de verdad me importa.
Cada vez me cuesta menos desprenderme de lo superficial, de lo que no necesito, de lo que me sobra. Si esta noche hiciera cuentas de lo que realmente necesito para vivir, no serían muchas cosas, no necesitaría mucho más que la maleta que tengo guardada en el armario, todavía con polvo de Madrid.
Me voy dando cuenta de que todo es pasajero, de que por mucho que trates de retener el agua en tus manos tarde o temprano se escapa.
La sakura, (así es como llaman los japoneses la flor del cerezo), florece solo una vez al año, y su flor dura poco más de un par de semanas. Y aun así los japoneses ansían cada año la llegada de la Sakura. Celebran un año más, y aprovechan estos días para reunirse con viejos conocidos o visitar a familiares a los que rara vez se ve.
Porque nuestras vidas, al igual que la Sakura, sólo florecen durante un breve periodo de tiempo, nuestra existencia es pasajera. Pero mientras existimos, nuestra vida es realmente hermosa.
Gran parte de Japón está sacudida por temblores en estos días. Hoy mismo hemos tenido cerca de 50 temblores. Aquí vivimos estos días en un estado de “calma tensa” en la que afrontamos nuestro día a día con la mejor cara posible, tratando de ignorar constantemente el hecho de que el suelo se mueve, tiembla y se recoloca bajo el manto este gigante de asfalto, acero y cristal que es Tokyo.
A pesar de esto puedo decir que estoy feliz de estar aquí, no desearía estar en otro lugar en este momento. Creo que estoy aprendiendo a valorar cada instante, a no dejar que los días pasen en balde, si no a exprimirlos al máximo.
Beber con mis amigos, reír hasta no poder más. Sentir la presión del trabajo pendiente, la angustia de no terminar a tiempo, la satisfacción de lograr lo que parecía imposible. Disfrutar de un instante de silencio, rodeado de un mar de ruido, viendo como un pétalo flota sobre mi cabeza mientras recuerdo con una sonrisa como mi corazón deja de latir cada vez que ella me sonríe o nuestros ojos se cruzan.
Sakura es vivir cada día como si fuera el último, poner todo tu empeño en cada cosa que haces. Divertirte al máximo posible, trabajar lo más duro que seas capaz, amar sin reparos a aquella que quiera compartir tu cama, tus abrazos y tus besos.
Sentir como la vida empapa tu cuerpo, y ser en todo momento consciente de la belleza de estar vivos.
Al menos esa es la lección que yo he aprendido y quería compartirla por aquí.



