南 En el sur

Mar 22, 2011 @ 09:56 am by CaDs

Poco mas de 5 horas ponen mil kilómetros de distancia entre nosotros y un mundo de problemas.

A medida que nos alejamos en el tren nos sentimos más y más relajados. Aunque por el camino nos enteramos de que ha habido un terremoto fuerte cerca del monte Fuji y ha afectado a un tramo de vías que hace poco menos de media hora hemos dejado atrás.
“Un susto menos” …

El tren nos lleva hasta la estación de Hakata, en la otra punta del país donde @kirai y yo nos encontramos con @karawapo que ha tenido la inmensa hospitalidad de recibirnos en su casa.

Nuestro nuevo refugio nuclear a 1000 km de Fukushima
By @kirai

Llegamos tarde, por la noche. Poco queda por hacer más que irnos a acostar. Nunca he pasado la noche en una casa tradicional japonesa, y la Casa de Ale es simplemente cojonuda. Un remanso de paz en un pueblo en medio del campo.

Los “dias de refugiados” consisten en levantarse temprano, desayunar juntos y luego enchufar portátiles, teléfonos y demás cachibaches y ponerse a trabajar entre twitts, noticias, bromas, chistes y sobre todo mucho código.

Al medio día paramos para comer. Algunas veces comemos ahí mismo pero la mayoría de las veces nos vamos fuera a comer.

Fukuoka

En medio del campo (田舎 inaka) el tiempo parece transcurrir de otra manera. Las noticias de radiaciones, temblores, apagones eléctricos van sonando lejanas. Aquellas que hacen referencia a la Apocalipsis, o al día D simplemente son ridículas.

La familia y los amigos están mas calmados, 1000 kilómetros es lo que tienen, que otra cosa no, pero calmar calman.
También sirven para sosegarnos un poco, para aliviar las tensiones acumuladas y para volver a recuperar la concentración perdida.

Fukuoka

En esta parte del país todo parece algo diferente, añejo. Tiene un ritmo más pausado. No hay edificios ni rascacielos, y no hay más neones que aquellos que se ven en una peluquería bastante bizarra, en la que el dueño (que es un puto crack) sale en sus carteles anunciando que “Si te lo propones, puedes conseguir lo que quieras”.

Ella me escribe de vez en cuando. Yo trato de no hacerlo.
Me dice que en Tokyo todo está bien, aunque está algo asustada. Trato de ignorarla sin ningún exito.

Fukuoka

A veces parece que nos encontremos en medio de una escena sacada de alguna película de Ghibli, en medio de un inmenso pastizal, con el océano y las montañas de fondo mientras un tren de color rojo atraviesa lentamente el paisaje.

ランチのところ探しに行く
By @kirai

Por las noches salimos a cenar o comemos algo en nuestra cocina-oficina. Y después nos vamos al onsen (baños termales japoneses) a aliviar tensiones, a charlar y a mirar como se alza la luna sobre nuestras cabezas mientras todos las preocupaciones se van disipando.

Fukuoka

El sábado, aprovechando que no hay que trabajar, nos vamos a visitar Fukuoka.
Nunca había estado tan al sur de Japón. Lo máximo que había llegado era Hiroshima. Pero si venís a Japón y tenéis tiempo, os recomiendo visitar Fukuoka.
Tiene un encanto peculiar, un montón de templos y museos para visitar y sobre todo tienen un Ramen riquísimo.

I wish...

El domingo decidimos regresar a Tokyo. Todo lo bueno toca a su fin tarde o temprano. Y lo cierto es que estos días han sido más que suficientes para recargar energía y volver a echarse a cuestas el peso de nuestras vidas.

Survivors
Survivors By @kirai

Nos despedimos entre risas y abrazos, nos montamos en el tren y mientras acortamos distancias con Tokyo pienso que el tiempo que pasé por aquí será algo que recuerde siempre.

Despues del terremoto

Mar 21, 2011 @ 11:36 am by CaDs

El terremoto fue realmente fuerte y el tsunami que arrasó gran parte de las ciudades costeras del país uno de los mayores desastres naturales con los que ha tenido que lidiar este país.
Pero no hubo que hacer nada para sobrevivir a eso. Fue simple cuestión de suerte, de no estar en el lugar equivocado en el momento menos adecuado.

Los desastres naturales tienen ese rasgo salvaje, breve pero intenso, en el que la fuerza de la naturaleza se desata y no hay nada que el hombre pueda hacer para controlarla. Son una lección de humildad que, de cuando en cuando, nos recuerda que aquí estamos de paso, y de que en realidad el ser humano es insignificante.

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Pero a día de hoy vivimos en la era de la información, y basta que transcurran unas pocas horas para que una noticia de la vuelta al mundo. Y cuando la noticia es de esta magnitud, esas horas se reducen a minutos.

Los días que transcurrieron tras el terremoto fueron algunos de los más intensos que me han tocado vivir.
Los temblores y el posterior tsunami dañaron una de las centrales nucleares del país, sumando a la ya considerable tragedia, ese miedo frío a la radiación.

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Los medios de comunicación pronto se olvidaron de los verdaderos afectados por la catástrofe vivida y se cebaron en esta última, mientas contabilizaban con morbosa precisión el recuento de víctimas.
Pero algo debió de torcerse en algún momento, porque pronto se pasó de la información objetiva (si es que esta existió en algún momento) y se comenzó a exagerar, o en el peor de los casos, a inventar.
No quiero hablar del daño infringido por los medios de comunicación internacionales en general, y los españoles en particular.
A pesar de haber colaborado en un par de entrevistas en radio, pronto me di cuenta de que el juego no consistía en informar, si no más bien en retozar en el barro. No se trata de tranquilizar a la gente, si no de alarmar. Ya no se trata de dar la noticia, si no de conseguir dinero, ya sea vendiendo periódicos o atrayendo audiencia.

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Adiós al circo mediático, tanta gloria lleves como paz dejas.
Para mi estás muerto desde el día en que se te ocurre llamarme a las 5 de la mañana para decirme:
“- imagino que estarás algo cansado después de estos días, y ya se que allí es muy pronto, pero podrías intervenir en el programa de televisión XXX?”
“- Lo siento, pero me acabas de despertar. Hace unas horas hemos tenido otra réplica fuerte y llevo casi toda la noche sin dormir. Si no te importa…”
“- Ya, pero es que sería sólo unos minutos y…”
“- Buenas noches, no vuelvan a llamar.”

Pero insisten, e insisten. Hasta que apago el teléfono, doy media vuelta y trato, sin éxito, de volver a conciliar el sueño.

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A la familia y a los amigos ya no hay quien los calme. Da igual las veces que repita que en Tokyo está todo bien. Que a mi no me ha pasado nada, y que la verdadera tragedia está al norte. Que en Tokyo somos unos privilegiados porque nuestro mayor problema es que nos cortan la luz de vez en cuando y que funcionan la mitad de trenes.
Y mientras mi gente se preocupa por mi, y me cuentan las barbaridades que publica la prensa, yo pienso en lo que deben de estar pasando aquellas personas que lo han perdido todo, y desde la comodidad de mi casa me siento miserable.

El suelo sigue temblando a cada rato. En mi empresa nos han mandado a trabajar a casa para evitar problemas con los transportes y por seguridad ante posibles réplicas.
Pero las horas y los días pasan, y aunque paso la mayor parte del día frente a mi ordenador, es imposible concentrarse.
Miro a cada rato un stream en tiempo real de un contador geiger que mide los niveles de radiación.
Se que no es probable que la radiación llegue a Tokyo. Hay gente arriesgando su vida para que todos estemos a salvo aquí.

Pero el miedo es un veneno que se extiende por el cuerpo. Casi sin que te des cuenta, y aunque te repites una y otra vez que no va a pasar nada, cuando todo el mundo continua advirtiéndote de que mejor lejos, o incluso fuera del país, es difícil conservar la calma.

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Me entero de que hay más gente como yo, uno de mis amigos esta pensando en alejarse un tiempo de Tokyo. Muchas veces coincidimos en la manera de pensar, y hoy nos vuelve a pasar lo mismo.
Estamos muy tranquilos si, pero… cuántas réplicas llevamos ya? El suelo no ha parado de temblar. Y si pasa algo grave? Nos daría tiempo de abandonar Tokyo a tiempo?
Los niveles de radiación suben y bajan. Se han encontrado partículas radioactivas en Shinjuku, o peor, en Setagaya que es donde yo vivo. No son malas para la salud, pero ahí están…

La decisión llega sola, de improvisto. Como si siempre hubiera estado ahí. Nos vamos al sur.

Por muchos motivos, pero sobre todo para tranquilizar a nuestras familias y para tranquilizarnos a nosotros mismos.

“Me voy, pero ella se queda. Y aunque trato de que venga conmigo, ella decide quedarse. Así que aunque yo estoy lejos, no acabo de irme del todo.” Esto es lo que me ronda por la cabeza, mientras nos alejamos de Tokyo a 300 km/h en dirección al suroeste.

お誕生日
Gracias a todos chicos, este cumpleaños ha sido de lo más desastrófico, pero igualmente no lo cambiaría por nada!

地震 Como viví el terremoto de Tokyo

Mar 14, 2011 @ 01:39 am by CaDs

Llevaba esperando semanas a que llegara el día 11. Por diversos motivos, pero el principal porque era el día en el que me daban mi visa de Ingeniero en Japón, era el día en el que mi sueño se hacía realidad, el día en el que podía dejar de preocuparme de esa cuenta atrás en la que vivía desde que comencé a tramitar mis papeles.

Así que me levanté por la mañana temprano y fui a recoger mi tarjeta de extranjero registrado al ayuntamiento y de ahí me fui hasta la oficina de inmigración de Shinagawa.
Todo sin problemas, según lo planeado, incluso terminé antes de lo previsto y de camino a la oficina paré a encargar un par de cosas y pasé por un combini a comprar una botella de té.

En la empresa todo normal, los compañeros me felicitaron por la visa de ingeniero, planeamos el trabajo pendiente y comenzamos a trabajar, hasta pasada la hora de la comida.

Entonces el suelo comenzó a temblar.
Eso no es nuevo, esto es Tokyo, aquí tenemos temblores casi a diario así que no le dimos mayor importancia, alguien dijo “jishin [地震]” como si nada y seguimos trabajando.
Habitualmente duran de 10 a 30 segundos, pero este no paraba, al contrario, comenzaba a hacerse más y más y mas fuerte.
Mi oficina está en la sexta planta de un edificio viejo, y comenzaba a sentirme algo mareado, porque el suelo comenzaba a moverse. Y un sonido sordo, algo parecido a un “bum bum bum” comenzaba a elevarse.
Todos nos miramos sin saber muy bien que hacer… hasta que los monitores comenzaron a caerse y una de las estanterías cargadas de libros reventó.

Ahí me levanté, recogí mi cartera mi chaqueta, metí el portátil a la bolsa como pude y tiré para la puerta.
Vi que muchos de los compañeros se estaban levantando también tratando de sujetar las cosas, abriendo las ventanas y comenzando a moverse porque aquello no paraba, al contrario, comenzó a temblar de verdad.

Vi como todo comenzó a rodar por la oficina, vi a alguno de mis compañeros tropezando y cayendo al suelo y entonces cerré los ojos y pensé “esto es el fin”.
A partir de ahí no se muy bien que me pasó, pero algo cambió. Ya no tenía miedo, la adrenalina ya no fluía, estaba calmado y con la mente más despejada que nunca.

Comenzamos a salir todos de la oficina, en orden, ayudando a los que se caían, cogiendo todas las bolsas y chaquetas que me encontré de paso a la salida, y cogí mis zapatos y salí caminando hasta las escaleras en calcetines.
No era momento para calzarse.

Las escaleras estaban llenas de gente, pero todos bajábamos en orden. Nadie empujaba, y casi nadie hablaba. Si alguien se tropezaba lo ayudaban a levantarse y a continuar. Como si fueran máquinas engrasadas y funcionando perfectamente.
Así llegamos hasta la calle y nos refugiamos en un parque cercano, viendo como los edificios de al rededor se tambaleaban y como poco a poco el temblor cesaba.

地震の日

Al cabo de un rato comencé a ser consciente de que estábamos todos bien, de que había pasado lo peor y de que podíamos contarlo.
Risas nerviosas, caras blancas y muchos daijobudesuka? (estas bien?) sonando por aquí y por allí.
Pero en general todos mirábamos al cielo, en silencio, tratando de digerir lo que habíamos pasado.

地震の日

Los teléfonos no funcionaban, no había manera de saber si los amigos estaban bien. Todo el mundo intentaba llamar, pero era imposible.
El presidente de mi empresa tenía televisión en su móvil y comenzamos a escuchar las noticias. Algunas las entendía, otras me las traducían… pero no podía quedarme quieto. No podía ver la tele. No sabía que hacer.

地震の日

Así pasaron los minutos, hasta que volvimos a subir, a la oficina.
Contra todo instinto humano, volví a subir al edificio del que a penas hacía unos minutos tuvimos que bajar corriendo pensando que aquello era el fin.

La oficina estaba completamente revuelta, así que comenzamos a ordenar las cosas lo mejor que pudimos.
Los servidores no estaban estropeados, pero se habían desconectado.
Yo recuerdo comenzar a apilar los libros que se habían caído mientras otro compañero comenzaba a secar con unas toallas agua que se había derramado de un humidificador.

Todos con el shock dibujado en nuestra cara, pero tratando de animarnos unos a otros. Encendiendo ordenadores y tratando de restaurar la calma. Cuando aquello comenzó a moverse otra vez.

Esta vez no hubo duda, todos nos levantamos y salimos otra vez por la puerta, bajando las escaleras y regresando al parque. Se escuchaban sirenas y vi varios helicópteros sobrevolar la zona.

Me fui a caminar un rato. Había encargado mi Hanko (un sello oficial que hace falta aquí para trámites burocráticos) hacía tan solo algunas horas, así que pensé en que tal vez ya lo habrían terminado, así que les dije eso mismo a los compañeros de la oficina (que se me quedaron mirando preocupados) y me fui a dar una vuelta hasta la tienda.
Saqué la cámara del bolsillo y me puse a hacer fotos, no se por qué. Tal vez por instinto o tal vez porque así mi mente se distraía en algo.

Llegué hasta la tienda donde había encargado mi Hanko y le pregunté al señor que me había atendido si habían terminado con mi Hanko.
Me dijo que sí, que justo lo había terminado segundos antes de que arrancara el temblor.
“Yo vengo de España, es la primera vez que siento un terremoto tan grande” le digo yo, tratando de darle algo de conversación mientras terminaba de darle los últimos toques a mi sello.
“Yo también” me dice. “Llevo viviendo toda la vida aquí y nunca había sentido uno tan grande”
Charlamos algo mas, le doy las gracias y me pide que me cuide.

Regreso con los compañeros, charlamos un rato sobre el nuevo Hanko, me cuentan algunas de las noticias y volvemos a mirar todos la pequeña pantalla.

Me canso, me voy a dar otra vuelta. No se que hacer. Mando mensajes a mis amigos, a todos aquellos que considero especiales aquí.
No hay respuesta, no puedo llamar. No hay internet… Solo impotencia y miedo.

地震の日

Pasa casi media hora sin nuevos temblores, y regresamos a la oficina.
Todo esta otra vez en el suelo.

Recogemos las cosas, restauramos las conexiones, y puedo ver que mis amigos están bien.
Me siento mucho mejor.

Subo todo el trabajo del día a nuestro servidor, y chateo con amigos. Cancelamos la fiesta de cumpleaños que pensábamos hacer ese día (hace unas semanas fue mi 32 cumpleaños).
Mando mails a mis familiares y amigos en España, allí seguramente están durmiendo, pero cuando lean las noticias se preocuparán, y no quiero que nadie se preocupe.
Estoy bien.

Trato de trabajar sin conseguirlo, leo las líneas sin verlas, una y otra vez.
Me mantengo informado de lo que ocurre por Twitter y me niego a ver las imágenes de las olas devastando ciudades enteras de este país que he llegado a amar.
No es justo.

Al cabo de un rato llamo con Skype a casa, a mi madre.
Está nerviosa, ha estado tratando de llamarme y el teléfono está apagado. No imagino el mal rato que ha debido pasar.
La tranquilizo, la digo que estoy bien, que en Tokyo no ha pasado nada, que lo peor ha sido al norte y que yo estoy bien.
Bromeo con ella, y la digo que las noticias exageran, mientras siento otra réplica del temblor azotando el edificio. Esta mucho más pequeña.
No se por que, pero no siento miedo. Ella lo nota, se da cuenta de que mi voz no tiembla y se calma.

Todo está bien.

Al cabo de un rato salimos, yo he quedado con un amigo cerca de Shibuya para ir hasta Shimokita-zawa. Le digo que en 5 minutos llego, porque mi oficina esta al lado de la estación.
Pero salgo a la calle, y hay un mar de gente.

地震の日

Los trenes no funcionan, Shibuya está colapsada, hay gente por todas partes.

Y aun así todos caminamos en orden. Tal vez mi paso es más acelerado que el de los demás. Pero nadie empuja a nadie, nadie grita.
Incluso diría que hay más silencio que de costumbre. Hay una sensación fría en el ambiente.

地震の日

Tardo más de lo que pensaba pero encuentro a Antonio entre la multitud. Estamos bien, nos reímos y nos abrazamos. Sabemos que todos estamos bien, cada uno en una punta de la ciudad pero todos bien.

地震の日

Vamos hasta Shimokita-zawa caminando. Las calles de Tokyo son un río de coches parados y de personas caminando.
Maletines, zapatos, trajes, corbatas, vestidos…. Todos con el gesto serio el paso firme y una calma sobrenatural.

地震の日

Los trenes siguen sin funcionar, pero la ciudad sigue moviéndose. No hay caos, todos parecen saber que hacer.
Llegamos hasta su casa, tenemos conexión, nos conectamos a Twitter y tratamos de comenzar a informar de todo lo que está pasando.

地震の日

Tenemos mails de cadenas de radio o de televisión que quieren entrevistarnos. Los followers en Twitter creciendo por momentos, mensajes por todos lados.
El mundo se despierta y se entera de la tragedia.

Pero estoy bien, y trato de calmar a todos. Me doy cuenta de la cantidad de amigos que tengo por todo el mundo y eso me hace sentir fuerte.

Sigo así hasta que recibo la noticia de que los trenes vuelven a funcionar. Así que voy para la estación. Comienzo a preocuparme por lo que me encontraré al llegar a mi piso.

地震の日

No tengo mucho aquí, pero igualmente pienso en si habré cerrado el gas antes de salir. En si estará bien todo.

Llego a casa, y me planto ante la puerta del piso. Respiro profundo antes de abrir la puerta y me digo a mi mismo que todo va a estar bien. Abro la puerta y efectivamente está todo bien.
Solo se han caído un par de cosas, y el hornillo eléctrico que usaba para tostar pan se ha caído y se ha roto.
Por lo demás nada que lamentar.
Compruebo que tengo agua y luz y que la llave del gas está cerrada.
Estoy cansado para comprobar si tengo gas o no, y tampoco es seguro hacerlo.

Los temblores continúan a cada rato. En la calle no se notan tanto como en casa.
Preparo una mochila con dinero, mi pasaporte, ropa limpia y una botella de agua que he comprado de camino a casa y me acuesto agotado, con la ropa puesta y con la luz encendida.

Y en algún momento de la noche me quedo dormido.