Tokyo
En estos días, a veces siento mi vida como si estuviera en el centro de un torbellino.
Se amontonan las caras, los nombres, se desbordan las sensaciones por no poder guardarlas todas en un recipiente tan pequeño como es mi cuerpo.
Y sin embargo me doy cuenta de que Japón no es tan diferente, que si lo piensas bien, todo tiene su contrapunto occidental.
En el trabajo, he cambiado los Jose o los Antonio por los Ebihara san o por los Endo san, pero a fin de cuentas, y aunque hablen distinto, dicen cosas similares.
Te preguntan por tu fin de semana, o por donde vives, o que tipo de comida te gusta. Y te cuentan sus historias.
Son buena gente, o regular… no lo se, tampoco importa realmente.
Las calles son diferentes. Entiendo menos cosas de las que me gustaría, así que muchas veces cuando paso delante de una tienda, no estoy seguro de que venden. Pero eso tampoco es malo, me lo imagino, lo supongo o me lo invento, y así es más entretenido.
Porque cuando entienda todo, ya no será tan entretenido.
A veces me sorprende la gente. Algunas veces para bien y otras para no tan bien. Hay muchas costumbres que desconozco, manías o modas, que me llaman la atención.
Contrastes tan grandes que cuesta encontrarles el sentido, o tal vez simplemente carezcan de sentido. Pero eso tampoco es malo, porque me obligo a pensar desde otro punto de vista hasta entonces desconocido para mi.
Porque cuando sepa todo, ya no será tan interesante.
Reconozco que me estoy enamorando, y me da miedo.
Me estoy enamorando de esta sensación, de esta ciudad. De volver a sentir que mi pecho respira, volver a disfrutar de las sensaciones, en lugar de darlas por sabidas, o ignorarlas.
Me estoy enamorando de esos rincones oscuros, olvidados de esta ciudad. Templos pequeños, grandes, hermosos o desvencijados.
De ojos que miran sin ver, gestos que niegan lo que por la boca se dice, de sentirme completamente perdido y de no querer encontrarme.
Porque cuando me encuentre ya será imposible perderme.
Uno mas entre la multitud. Así es como comienzo a sentirme.
Escribo mensajes en el teléfono, mezclando nuestro alfabeto con el suyo, mientras espero al tren. A veces busco una excusa para mi ausencia, otras simplemente no la doy. En ocasiones recibo una excusa por otra ausencia que no es la mía, mientras ansío por verla… o tal vez no.
Es un baile, y estoy aprendiendo los pasos.
Cada día que pasa, estoy más seguro de que esto no es Japón. No conozco mucho fuera de aquí, pero sí lo suficiente como para saber que esta ciudad es algo diferente, ajeno a todo lo demás.
Tokyo tiene su propio ritmo, su propio carácter. Tiene sus reglas no escritas, su sabor y su olor bien definido.
Y mientras espero a ese papel que dice que puedo quedarme por aquí algo más de tiempo me mato a trabajar.
Porque por ahora todo depende de eso y porque por ahora quiero jugar un rato más por aquí.








