Viaje a Japón: Día 4

Jan 20, 2010 @ 11:23 am by CaDs

Después de 3 días por Japón y con la paliza que llevaba en el cuerpo, finalmente pude dormir del tirón, así que cuando sonó el despertador estaba bastante descansado.

Según nuestro plan de viaje tocaba visitar Kamakura, así que salimos del hotel y fuimos en busca de un lugar para desayunar.
En el camino nos encontramos con las oficinas de Bandai (o al menos una de las oficinas de Bandai), y como tenían unas pequeñas estatuas de sus mascotas más populares, aprovechamos para hacernos unas fotos con Doramón.

DSC_8472
Bandai Headquarters

Después de hacer un rato el mono con los muñecos, llegamos a un Dennys, donde nos metimos para el cuerpo un copioso desayuno estilo americano , y no pude evitar imaginarme la escena de After Dark en la que Mari está leyendo en una cafetería similar.
Con el estómago lleno y con un par de cafés en el cuerpo emprendimos el camino hacia el metro, donde nos encontrarmos con la sorpresa de que habíamos rezongado demasiado tiempo, y nos habíamos dado de bruces con la famosa hora punta del metro de Tokyo.

La verdad es que había mucha gente, pero estando acostumbrado al Metro de Madrid, debo decir que no resultó tan incómodo ni tan agobiante como me imaginaba.
Tal vez sea inmerecida la mala fama del Metro de Tokyo, con sus vagones llenos de gente y sus empujadores… o tal vez sea que el Metro de Madrid es peor de lo que se da a conocer.
Sea como sea, la experiencia fue interesante, ir en un vagón abarrotado de japoneses, en el que reina un perfecto silencio interrumpido exclusivamente por el ocasional sonido de la megafonía, o alguna que otra conversación murmurada.

Pero el tumulto duró solo un rato, hasta que hicimos trasbordo en la estación de Ōfuna para tomar el tren que nos llevaría hasta Kamakura, donde el tren ya circulaba más vacío, y donde pudimos sentarnos y disfrutar un poco del paisaje y sus gentes.

DSC_8475
Tren a Kamakura

Me pareció curioso el contraste de pasar de estar rodeados de ejecutivos uniformados de negro y sus maletines, a estar rodeado de gente mayor y colegiales y en general pasar del ajetreo y pasar del ritmo trepidante de la vida tokyota a la pausa y la tranquilidad de las afueras de Tokyo… todo en un par de estaciones de tren!

Finalmente llegamos a Kamakura y tras hacer un pequeño mapa mental con los sitios que queríamos visitar comenzamos el trayecto en el templo Hase-dera.
Este templo es famoso por contener la mayor estatua de madera de Japón, expuesta en una pequeña (y algo claustrofóbica) gruta. Pero además de su famosa estatua de madera, el templo estaba salpicado por hermosos jardines, fuentes y una escuela de caligrafía (que yo viera) además de un increíble mirador desde el que se puede apreciar toda la línea de la costa.

Kamakura
Templo Hase-dera

DSC_8507
Templo Hase-dera

DSC_8522
Templo Hase-dera

De ahí fuimos a visitar el Kōtoku-in, donde se aloja el famoso Gran Buda de Kamakura.

Great Buddha of Kamakura
Daibutsu (Gran Buda) de Kamakura

Debo decir que la estatua es realmente impresionante, y que hice cerca de 50 tomas diferentes, porque las fotos no hacían justicia a la magnitud del lugar.
Despues de curiosear un rato por los alrededores y descansar un poco en los bancos al rededor del templo, continuamos nuestro viaje por Kamakura.

El siguiente sitio que queríamos visitar era el santuario Zeniarai Benten, un curioso santuario rodeado por una pared enorme de piedra y donde tienen un manantial en el que, segun cuentan, si lavas tu dinero, se te multiplica!

Pero estaba bastante alejado del gran buda, y para llegar hasta ahí podíamos caminar por la carretera dando un buen rodeo, o tomar una pequeña senda forestal que atravesaba las colinas y atajaba bastante.

Por supuesto tomamos el camino más difícil, así que comenzamos a seguir la senda por los bosquecillos de Kamakura cargando aún mas las maltrechas piernas después de 3 días casi contínuos de caminatas.
Pronto dejamos atrás las carreteras y los ruidos típicos de la civilización y comenzamos a vernos rodeados de la vegetación de la zona, y sus sipáticos animalillos (a.k.a. arañas como mi puño de grandes!).
Al cabo de un rato comenzamos a dudar de que no nos hubiéramos perdido, ya que todas las indicaciones estaban en Kanji!

DSC_8677
Perdidos por los bosques de Kamakura

Con más pena que gloria logré descrifrar algo de lo que ponía en las indicaciones y continuamos el camino, preguntando de vez en cuando a otros turistas con los que nos cruzábamos o a algún que otro señor que nos adelantaba a la vez que nos hacía una reverencia.

Contemplar a un señor de unos 70 años adelantarte tan pancho en una senda campo a través, mientras tu estás casi luchando por respirar, y con la frente perlada de sudor, y ver como encima tiene fuerzas suficientes para hacerte una ligera reverencia te hace darte cuenta de que los japoneses, por regla general, están muy en forma!

Tras conversar con uno de estos señores nos enteramos de que había un pequeño santuario sintoísta cerca de la zona, así que nos desviamos y fuimos en su busca.

Al poco comenzamos a ver pequeñas estatuas de zorros que se confundían con la vegetación de la zona, adornadas en ocasiones con pañuelos o prendas rojas.
Y cuando nos quisimos dar cuenta estábamos rodeados de toris, banderas, y estatuas de kitsune de diversos tamaños por todas partes.
Todo perfectamente integrado y armonizado en medio de las colinas de Kamakura.

DSC_8689
Santuario Shinto en medio de la nada

DSC_8695
Santuario Shinto en medio de la nada

Sin embargo el tiempo pasaba y aún nos faltaban un montón de cosas que ver, así que tras tomar algunas fotos, y disfrutar del lugar reemprendimos la marcha y terminamos saliendo de la senda forestal para encontrarnos en una carretera de aspecto abandonado.

Pero habíamos ido en la dirección correcta!, así que al poco encontramos un pequeño parque donde pudimos preguntar a la gente que pasaba por allí la dirección hasta el templo.
Y ahí, en medio de la nada y tras una agotadora caminada, había una máquina expendedora de bebidas!

DSC_8781
Máquinas expendedoras de bebidas en medio del bosque

Tras tomar un zumo de naranja que supo a verdadera gloria, tomamos rumbo al Zeniarai Benten, y al cabo de un rato encontramos la curiosa entrada al recinto.

DSC_8785
Entrada al Zeniarai Benten

Zeniarai Benten Shrine
Santuario Zeniarai Benten

Zeniarai Benten Shrine
Santuario Zeniarai Benten

El Santuario no era muy grande, y al estar rodeado de un muro de roca, se hacía más pequeño de lo que tal vez sea en realidad. Sea como sea el lugar no estaba muy lleno y se podía visitar sin agobio y sin prisas. Y era divertido ver como la gente mojaba sus monedas e incluso sus billetes en el agua sagrada.

Al salir paramos a comer algo, la verdad es que se nos había pasado la hora de comer completamente, así que compramos algo de bento (comida para llevar) y comimos por la zona.
El último de los templos que queríamos visitar era el Kenchō-ji, el monasterio Zen más antíguo de todo Japón.

Pero a pesar de la gran cantidad de Mapas que encontramos, parecía que comenzábamos a caminar en círculos, y a medida que caía la tarde se hacía más y más complicado encontrar a gente en la calle pare preguntar.

DSC_8885
Viviendo en un videojuego

Cuando ya comenzamos a plantearnos el regresar a la estación y tratar de orientarnos desde allí, encontramos por el camino a un par de turistas con las que charlamos un rato.
Eran dos mujeres francesas que nos hicieron el favor de preguntarnos las direcciones en perfecto japonés a un grupo de ancianos que nos estaban mirando con cara divertida. Una de ellas llevaba viviendo en japón 10 años y hablaba a la perfección 4 idiomas!

Tras agradecerles su ayuda y con ánimos renovamos nos llegamos al Kenchō-ji al atardecer.

Autumn
Hojas de Otoño

El templo iradiaba tranquilidad, siendo un monasterio Zen me lo esperaba, pero debo decir que me sorprendió la serenidad del lugar y lo cómodo que resultaba pasear por sus jardines y disfrutar de las vistas.

Bamboo
Bosquecillo de Bambú en el templo Kenchōji

El templo comenzaba en la falta de una colina y estaba construido de manera que había un camino que serpenteaba hasta la cima. Así que comenzamos a recorrerlo sin prisas, disfrutando del sonido de la naturaleza, y empapándonos de la serenidad del lugar, hasta el punto de que cuando me quise dar cuenta cada uno habíamos ido por nuestro lado, absortos en nuestros pensamientos.

DSC_8968
En el templo Kenchōji

La tarde comenzó a oscurecerse cuando finalmente alcanzamos la cima, y pudimos disfrutar del atardecer y del anochecer en un paraje sin comparación.

DSC_8980
Atardecer en el templo Kenchōji

DSC_9004
Anochecer en el templo Kenchōji

Tras descender todo lo ascendido ya había anochecido, así que decidimos despedirnos de Kamakura e ir hasta la estación de tren. Pero en lugar de ir directamente a nuestro hotel en Asakusa, decidimos aprovechar que nos pillaba de paso Yokohama y visitar el China Town.

El viaje desde Kamakura a Yokohama fue más tranquilo, el tren no iba muy lleno y yo aproveché para revisar mis fotos y en general descansar un poco, porque a esas alturas mis piernas comenzaban a doler.

Llegamos a Yokohama y tras orientarnos un poco localizamos China Town, y comenzamos a pasear por las calles disfrutando de los aromas de incontables puestos de comida de diferentes sabores, y aspectos y en general del colorido de las luces y los edificios.

Yokohama's China Town
En el China Town de Yokohama

Yokohama's China Town
En el China Town de Yokohama

Picoteamos un poco de cada puesto que nos llamaba la atención, y compramos algún que otro artículo de recuerdo.
Entramos en un centro de arcade donde pudimos ver que no sólo estaban las últimas y más modernas recreativas, si no que tenían verdaderos clásicos tipo Ghosts ‘n Goblins y otros grandes clásicos arcade.

Cuando nos cansamos fuimos a cenar a un restaurante chino de la zona, y nos dimos cuenta de que el rumor de que la comida china en japón es cara era cierto.
Al contrario de España o Panamá, donde un plato de comida china es relativamente barato, me pareció que en Japón la comida china es en general algo más cara que la comida local.

Yokohama's China Town
En el China Town de Yokohama

De ahí nos fuimos a pasear por la bahía de Yokohama, disfrutando del agradable clima y de las increíbles vistas de la ciudad.

Yokohama
Vistas desde la bahía de Yokohama

Continuamos caminando por el paseo marítimo de Yokohama, parando en un Lawson cercano para comprar un café y unas galletas bastante extrañas de un sabor que hasta la fecha no estoy seguro de saber explicar.
Y como comenzaba a hacerse tarde, y todavía estábamos lejos de nuestro hotel emprendimos el camino hasta la estación de Yokohama, parando por algún que otro mall, o centro recreativo, y entreteniendo la vista con alguna que otra viandante con la que nos cruzamos.

A lo tonto llegamos bastante tarde al hotel, pero no importaba, el día había resultado increíble como de costumbre y el próximo día nos íbamos a quedar por Tokyo, así que en principio sería un día tranquilo…o eso pensábamos.

Continuará…

Entradas Relacionadas

Viaje a Japón: Día 3
Viaje a Japón: Día 2
Viaje a Japón: Día 1

The Elephant Vanishes

Jan 07, 2010 @ 03:54 pm by CaDs

Hace tiempo que no escribo ningún post sobre algún libro de los que leo. En parte es porque últimamente no he tenido demasiado tiempo libre para leer y en parte porque tampoco lo he tenido para escribir.

Desde hace algunas semanas mi nivel de stress bajó lo suficiente como para poder dedicar algo de tiempo libre a la lectura, y finalmente terminé de leer The Elephant Vanishes.

Este libro es una recopilación de relatos cortos escritas por Haruki Murakami entre los 80 y los 90. Muy similar a Blind willow, sleeping woman, consta de varias historias sueltas, surrealistas, extrañas y entretenidas.

Aunque debo decir que hubo algunas que me resultaron demasiado raras para acabar de comprenderlas, en general es un libro que recomiendo leer por lo entretenido que resulta sumergirse en el universo particular de Murakami.

Aquí os dejo algunos de mis fragmentos favoritos.

Every morning, I still run past those five barns. Not one of then has yet burned down. Nor do I hear of any barn fires. Come December, the birds strafe overhead. And I keep getting older.
Although just now and then, in the depths of the night, I’ll thing about barns burning to the ground.

She stripped the sheets and pillowcase and ordered me out of my pajamas. My only refuge was the bathroom, where I showered and shaved. She was getting to be more and more like our mother. Women are like salmon: In the end, they all swim back to the same place.

“Doesn’t’ look like an airplane,” I say. Doesn’t sound like my voice either. Strangely brittle, as if the nutrients had been strained out through a thick filter. Have I grown so old all of a sudden?
“That’s probable because we haven’t painted it yet,” he says. “Tomorrow we’ll gave it the right color. Then you’ll see it’s an airplane.”
“The color’s not the problem. It’s the shape. That’s not an airplane.”
“Well, if it’s not an airplane, what is it?” he asks me. If he doesn’t know, and I don’t know, then what is ti? “So, that’s why it’s got to be the color”

This occurs to me while I’m ridding the Yamanote Line. I’m standing by the door, holding on to my ticket so I won’t lose it, gazing out the window at the buildings we pass. Our city, these streets, I don’t know why it makes me so depressed. That old familiar gloom that befalls the city dweller, regular as due dates, cloudy as mental Jell-O. The dirty facades, the nameless crowds, the unremitting noise, the packet rush-hour trains, the gray skies, the billboards on every square centimeter of available space, the hopes and resignation, irritation and excitement. And everywhere, infinite options, infinite possibilities. And infinity and, at the same time, zero. We try to scoop it al up in our hands, and what we get is a handful of zero. That’s the city.
That’s when I remember what that Chinese girl said
This was never any place I was meant to be